jueves, 27 de agosto de 2015

LA ESTRELLA DE NATALIA.

Montevideo, 27/agosto/2015, @HDellOnte - Despertó y sintió la soledad. Después notó el sol sobre su ojos, era una sensación contradictoria: el sol otoñal entrando por la ventana de su cuarto un domingo a comienzos de mayo era muy agradable, pero le molestaba ese primer golpe de luminosidad.


Miró hacia el costado y la cama estaba vacía, estiró el brazo, abrió la palma de la mano como si fuera a acariciar y la pasó sobre las sábanas. Estaba solo.

Se habían acostumbrado a dormir con las cortinas abiertas porque les gustaba despertarse con la luz del sol. Ambos habían pasado mucho tiempo despertando con el sonido metálico del despertador pero un día decidieron que ya no sería así.

Cuando se jubilaron Natalia y él acordaron no volver a usar despertador nunca más, se prometieron no hacerlo, y para cumplir tiraron el único reloj despertador que tenían a la basura. Para ellos jubilarse significó recuperar en algo la libertad que el trabajo les había hecho perder, y no tener despertador ayudaba en ese objetivo.

Acordaron también dormir, todas las noches, con las cortinas de la ventana del dormitorio abiertas. De esa forma se dormían mirando las estrellas y eso les gustaba. Con solo mirar el cielo inventaban conversaciones que nunca habían tenido sobre temas que el común de las personas no suele pensar. El abismo del infinito acicatea la imaginación y hace pensar en Dios.

Estamos viejos”, dijo Natalia una noche, cuando sólo faltaban unas pocas semanas para cumplir 80 años, su último cumpleaños.

Tu eres como las estrellas” le contestó Pablo dos años mayor, “no envejeces nunca”, y le acarició la mano.

Pero Natalia sabía que aquello era sólo una gentileza sin fundamento. Su documento de identidad no tenía fecha de vencimiento y esa era la prueba más fría y contundente de su vejez.

Esa mañana de mayo Natalia cumpliría 81 años. El día recién empezaba y Pablo esperaba ansioso el anochecer. El pronóstico del tiempo había anunciado una noche clara, despejada y cargada de estrellas, por eso sabía que cuando el sol desapareciera vería en una de esas infinitas titilantes a su Natalia. La buscaría y la encontraría.

Volvió a pasar la mano sobre la sábana, pero esta vez lo hizo con los ojos cerrados para poder imaginarla. El recuerdo y la imaginación empujaban cada latido de su cansado corazón. Sí, estaba cansado, bordeaba los 90 y llevaba siete años de soledad y silencios, pero se aferraba a vivir porque sabía que hacerlo implicaba mantenerla viva.


Una vez Natalia le preguntó a dónde irían los cuadros y los álbumes de fotos de ambos, qué pasaría con los recuerdos mutuos y los sentimientos el día que ya no estén. Pablo no supo responder y se asustó al comprender que las viejas fotografías, los recuerdos de muchos años vividos y aquel amor intenso, se desvanecerían y desaparecerían cuando ya no quede quien recuerde. Para un hombre solo es importante recordar. Por eso ese día, como cada noche en que Natalia cumpliría años, iba a mirar al cielo, la buscaría y encontraría. El cielo siempre había sido su fuente de consuelo.

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