lunes, 31 de agosto de 2015

EL CIELO EN EL FONDO DEL MAR.

Montevideo, 31/agosto/2015, @HDellOnte – A veces tengo dudas de que el cielo esté en las alturas. Desde chico aprendí (o me enseñaron, no lo tengo claro) que el cielo, y todo lo que se relaciona con el bien está arriba. El pueblo judío recibió el maná desde el cielo y Moisés miraba hacia al cielo cuando recibió los Diez Mandamientos. Esos son sólo dos ejemplos de cientos que podría dar y que a cada uno se le pueden ocurrir. El que más me impresiona es el propio Jesucristo cuando en la cruz antes de morir mira hacia el cielo y reza: “Perdónalos Padre, no saben lo que hacen”, y como si fuera poco días después sube a los cielos.

Hasta los gestos humanos en los comunes de los mortales se sugiere que Dios está arriba. Miramos a cielo cada vez que algo bueno o malo pasa, como gesto de agradecimiento o súplica, según la ocasión.

Por el contrario se cree que el infierno está bajo la tierra.

Una vez leí, cuando era niño, pre adolescente tal vez, que era injusto atribuir el peor lugar que podemos imaginar, donde se concentra toda la maldad humana y espiritual, al centro de la Tierra. La idea caló hondo en mi y la tengo presente desde siempre. Alguien me dijo una vez que era sólo un simbolismo, a lo que respondí que era un simbolismo muy injusto con la realidad. Y que tal vez deberíamos comenzar a cambiar esa visión. No se dónde está, pero sí se que no en el fondo de la tierra.

El cielo es sin dudas una maravilla: un espacio casi infinito, cargado de misteriosas incógnitas que no sabemos si la humanidad llegará a descifrar.

Pero la tierra, esta que pisamos, tiene también sus encantos y rincones tan maravillosos como los que podemos encontrar allá arriba, la diferencia es que son maravillas mucho más tangibles, al alcance de nuestras manos y nuestro entendimiento. Y a pesar de que somos capaces de entender seguimos sin perder el asombro por la belleza y la grandeza que encierran.

Para ver a Dios no necesito mirar el cielo. Lo veo en la planta que echó raíces en la grita de la piedra, lo veo en el primer brote primaveral de aquel tallo que parecía seco y muerto, que casi tiro a la basura, pero que dejé en la tierra sólo “por las dudas”; lo veo en los árboles y en los pájaros... En esas cosas que están, viven y sobreviven aquí cerca, a diario, cotidianamente y al alcance de todos.

Para los que buscan pruebas más complejas y no les alcanza el vuelo de un ave o la planta creciendo donde nadie esperaba, también hay ejemplos abundantes: en las alturas de las montañas, las islas polinesias, Madagascar o las Islas Galápagos, en Ecuador, donde se conjugan una serie de hechos que de apariencia contradictoria y opuestos entre si, logran uno de los mayores paraísos, en la superficie como en el fondo del mar.


Foto de Galapagos-Google. (Foto tomada de infinitelegroom.com).
Las Galápagos son 13 islas, 6 islas medianas y más de 100 islotes. Ubicadas a casi 1.000 Kms de Ecuador, en el Océano Pacífico, se trata de uno de los pocos archipiélagos, tal vez el único, que nunca tuvo contacto con continente. Su independencia ya es encantadora. Nació hace cinco millones de años cuando en las profundidades los volcanes hicieron erupción y su lava caliente emergió transformándose en islas de piedra árida, dura, inhabitable, sobre la cual el sol del Ecuador golpeaba con fuerza y sin piedad.

Pero con los años la erosión hizo lo suyo y generó un polvillo que se convertiría en tierra. El viento fuerte o un ave aventurera llevó, sin saberlo, la primera semilla que cayó en el lugar adecuado y comenzó a crecer, hundiendo sus raíces sobre la lava, imponiéndose a la muerte y generando descendencia.

Hoy es uno de los lugares más hermosos que el hombre tiene ante sí, cargado de sorpresas y, como dije, de contradicciones. La mayor es el choque de las corrientes marinas frías y cálidas que enriquecen el mar, y ese mar es precisamente el sustento de la riqueza y la belleza de las Galápagos.

Una riqueza que hace posible que, en el propio Ecuador, cálido por naturaleza, sea el único lugar tropical donde viven pingüinos. Allí y sólo allí se encuentran las únicas iguanas del mundo que se sumergen en el mar, nadan con agilidad y son capaces de ingresar a las profundidades oceánicas por 12 metros y soportar una hora gracias a una impresionante técnica de control voluntario del ritmo cardíaco. Las Galápagos es el único lugar donde se puede ver a los lobos marinos literalmente surfear en la cresta de las olas, de la misma forma que solemos ver lo hacen los humanos.

¿Más ejemplos? Los hay y abundantes, pero cada uno debe descubrir su rinconcito de cielo en la tierra. El fondo del mar es mucho más que un rinconcito, por eso yo me quedo con esas islas sobre la línea del Ecuador, donde seguro es posible ver la mano de Dios.

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