jueves, 3 de septiembre de 2015

UN LUGAR PARA LA ESPERANZA.

Por Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitter

En Montevideo hay una callecita de tres cuadras, ubicaba al norte de la ciudad, desconocida por la inmensa mayoría de quienes vivimos aquí, que se llame Esperanza. Muy cerca de allí está la calle Caridad, igualmente desconocida. Y no existe ninguna que se llame Fe. Hay si una calle Santa Fe pero refiere a la provincia argentina y no a la primera de las Virtudes Teologales.


Seguramente es trivial e inútil ese comentario, pero siendo la Esperanza la única  virtud teologal que nos es común a todos, y por tratarse de uno de los motores de la existencia humana, bien podría ocupar un lugar de mayor relevancia. Por lo menos una plaza en un punto concurrido o por el cual pasen varias personas, de todos los barrios, de la ciudad.

Las Virtudes Teologales son tres: Fe, Esperanza y Caridad. De ellas, la que más compartimos los seres humanos es la Esperanza. Es fácil encontrar personas que no tienen Fe e igualmente fácil encontrar a los caritativamente empobrecidos o nulos. En contrapartida es muy difícil encontrar a quienes no tengan Esperanza. Puede decirse que la Fe y la Caridad se adquieren, aprenden y educan, se enriquecen o se empobrecen cada día, pero la Esperanza es inherente al ser humano, se nace con ella y somos sus portadores sin que seamos conscientes, desde muy pequeños.

Muchos pueden vivir sin Fe y sin Caridad, pero ¿cuántos pueden hacerlo sin Esperanza?, y si lo hacen ¿qué tipo de vida llevan? Definitivamente, no se puede vivir sin ella.

Por eso, porque la Esperanza nos es común y necesaria a todos, podríamos tener una gran plaza con ese nombre. Pero en un país orgulloso de su laicidad, difícilmente eso ocurra.

Foto de www.stonek.com
Lo que sí tiene Montevideo, y no pocos, son símbolos y espacios que encausan la espiritualidad humana. El más notorio sin duda es la cruz erguida en uno de los puntos más importantes de la ciudad y que recuerda la visita que a fines de los años 80 hizo el Papa Juan Pablo II, ahora elevado a la categoría de santo.

Ella está allí, a metros de la terminal de ómnibus, despidiendo a los que se van y recibiendo a los que vienen o regresan.  Está allí, muda, invisible para muchos, pero es testigo silenciosa de aquellos que angustiados pasan y sin decir nada vuelven los ojos hacia ella en un gesto de ruego o súplica. Nuca sabremos cuántas almas han encontrado consuelo en ella, pero sí sabemos que su sola presencia es reconfortante para el que atribulado acierta a pasar por allí.

Quienes gobiernan las ciudades se preocupan de sus paisajes arquitectónicos, de la elaboración de avenidas con las correspondientes ciclovías, de la confección de espacios públicos con adecuada combinación de verde, pero también deberían prestar atención a los símbolos que levantan en ellas. Deberían haber menos mensajes publicitarios que favorezcan el consumo y más lugares donde cada uno pueda encontrarse con sí mismo y su espiritualidad. Espacios donde el interior humano tenga un lugar donde recalar.

Hace tiempo pasé frente a la cruz y una escena me sorprendió. Se trataba de una mujer mayor, edad indefinida pero rondando los 65, sencilla, una más en el laberinto de la ciudad. Mientras esperaba que el semáforo la habilitara para cruzar levantó la vista hacia la cruz y se quedó mirándola. Noté que su cara ajena a todo lo que la rodeaba y claramente preocupada por sus asuntos cambió: perdió la dureza de los gestos, sus músculos faciales se ablandaron y sus ojos comenzaron a brillar. Se quedó así unos segundos, pero suficientes como para que se operara el cambio.

Cuando el semáforo la habilitó a cruzar pareció no darse cuenta hasta que aquellos desconocidos que esperaban igual que ella se movieron, avanzaron rápidamente, y al hacerlo la rozaron o pecharon leve e involuntariamente. Ante el sacudon del roce la señora bajó la vista y comenzó a cruzar, volvió a sus asuntos cotidianos y se confundió con los demás.

La escena duró segundos, un tiempo aparentemente insignificante, pero que removieron algo en su interior. Nunca más supe de aquella mujer, ahora estará en alguna parte de la ciudad cargando con sus problemas y desafíos, como todos, y seguramente ignora el sello que aquel instante dejó en mí memoria.
Foto de www.stonek.com

Los detractores de la cruz del Papa deberían considerar que si su presencia sirve para dar esperanzas a una sola persona, ya está justificada. Como hace años escribió José Enrique Rodó en medio del debate sobre los crucifijos en los hospitales:

“Hablemos con sinceridad; pensemos con sinceridad. Ningún sentimiento, absolutamente ningún sentimiento respetable se ofende con la presencia de una imagen de Cristo”. “El creyente cristiano verá en ella la imagen de su Dios, y en las angustias del sufrimiento físico levantará a ella su espíritu. Los que no creemos en tal divinidad, veremos sencillamente la imagen del más grande y puro modelo de amor y abnegación humana”, escribió Rodó en 1906 en el diario La Razón.

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