Por Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitter
En Montevideo hay una callecita de tres
cuadras, ubicaba al norte de la ciudad, desconocida por la inmensa mayoría de
quienes vivimos aquí, que se llame Esperanza. Muy cerca de allí está la calle
Caridad, igualmente desconocida. Y no existe ninguna que se llame Fe. Hay si
una calle Santa Fe pero refiere a la provincia argentina y no a la primera de
las Virtudes Teologales.
Seguramente
es trivial e inútil ese comentario, pero siendo la Esperanza la única virtud teologal que nos es común a todos, y
por tratarse de uno de los motores de la existencia humana, bien podría ocupar
un lugar de mayor relevancia. Por lo menos una plaza en un punto concurrido o
por el cual pasen varias personas, de todos los barrios, de la ciudad.
Las Virtudes Teologales son tres: Fe, Esperanza y Caridad. De ellas, la que más compartimos
los seres humanos es la Esperanza. Es fácil encontrar personas que no tienen Fe
e igualmente fácil encontrar a los caritativamente empobrecidos o nulos. En
contrapartida es muy difícil encontrar a quienes no tengan Esperanza. Puede
decirse que la Fe y la Caridad se adquieren, aprenden y educan, se enriquecen o
se empobrecen cada día, pero la Esperanza es inherente al ser humano, se nace
con ella y somos sus portadores sin que seamos conscientes, desde muy pequeños.
Muchos pueden
vivir sin Fe y sin Caridad, pero ¿cuántos pueden hacerlo sin Esperanza?, y si
lo hacen ¿qué tipo de vida llevan? Definitivamente, no se puede vivir sin ella.
Por eso,
porque la Esperanza nos es común y necesaria a todos, podríamos tener una gran
plaza con ese nombre. Pero en un país orgulloso de su laicidad, difícilmente
eso ocurra.
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Lo que sí
tiene Montevideo, y no pocos, son símbolos y espacios que encausan la
espiritualidad humana. El más notorio sin duda es la cruz erguida en uno de los
puntos más importantes de la ciudad y que recuerda la visita que a fines de los
años 80 hizo el Papa Juan Pablo II, ahora elevado a la categoría de santo.
Ella está allí,
a metros de la terminal de ómnibus, despidiendo a los que se van y recibiendo a
los que vienen o regresan. Está allí,
muda, invisible para muchos, pero es testigo silenciosa de aquellos que
angustiados pasan y sin decir nada vuelven los ojos hacia ella en un gesto de
ruego o súplica. Nuca sabremos cuántas almas han encontrado consuelo en ella,
pero sí sabemos que su sola presencia es reconfortante para el que atribulado
acierta a pasar por allí.
Quienes
gobiernan las ciudades se preocupan de sus paisajes arquitectónicos, de la
elaboración de avenidas con las correspondientes ciclovías, de la confección de
espacios públicos con adecuada combinación de verde, pero también deberían
prestar atención a los símbolos que levantan en ellas. Deberían haber menos
mensajes publicitarios que favorezcan el consumo y más lugares donde cada uno
pueda encontrarse con sí mismo y su espiritualidad. Espacios donde el interior
humano tenga un lugar donde recalar.
Hace tiempo pasé frente a la cruz y una escena me sorprendió. Se trataba de una
mujer mayor, edad indefinida pero rondando los 65, sencilla, una más en el
laberinto de la ciudad. Mientras esperaba que el semáforo la habilitara para
cruzar levantó la vista hacia la cruz y se quedó mirándola. Noté que su cara ajena
a todo lo que la rodeaba y claramente preocupada por sus asuntos cambió: perdió
la dureza de los gestos, sus músculos faciales se ablandaron y sus ojos
comenzaron a brillar. Se quedó así unos segundos, pero suficientes como para
que se operara el cambio.
Cuando el
semáforo la habilitó a cruzar pareció no darse cuenta hasta que aquellos
desconocidos que esperaban igual que ella se movieron, avanzaron rápidamente, y
al hacerlo la rozaron o pecharon leve e involuntariamente. Ante el sacudon del
roce la señora bajó la vista y comenzó a cruzar, volvió a sus asuntos
cotidianos y se confundió con los demás.
La escena
duró segundos, un tiempo aparentemente insignificante, pero que removieron algo
en su interior. Nunca más supe de aquella mujer, ahora estará en alguna parte
de la ciudad cargando con sus problemas y desafíos, como todos, y seguramente
ignora el sello que aquel instante dejó en mí memoria.
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Los
detractores de la cruz del Papa deberían considerar que si su presencia sirve
para dar esperanzas a una sola persona, ya está justificada. Como hace años
escribió José Enrique Rodó en medio del debate sobre los crucifijos en los
hospitales:
“Hablemos con
sinceridad; pensemos con sinceridad. Ningún sentimiento, absolutamente ningún
sentimiento respetable se ofende con la presencia de una imagen de Cristo”. “El
creyente cristiano verá en ella la imagen de su Dios, y en las angustias del
sufrimiento físico levantará a ella su espíritu. Los que no creemos en tal
divinidad, veremos sencillamente la imagen del más grande y puro modelo de amor
y abnegación humana”, escribió Rodó en 1906 en el diario La Razón.


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