Montevideo - Hébert Dell Onte Larrosa. Twitter
La mujer caminaba a
paso seguro por la calle oscura. La noche se presentaba fresca pero no hacía
frío, estaba levemente ventosa y conservaba la humedad de la última llovizna al
final del día.
Habían pasado cuatro
horas y media de esa última llovizna, ahora el cielo estaba estrellado y
prometía un amanecer luminoso, sin embargo la humedad continuaba en las
veredas, los jardines de las casas y en los árboles, sobre las hojas o
penetrando los robustos troncos inmóviles.
Había sido un día
largo y difícil. La lluvia había llegado con el amanecer y durado todo el día,
esa lluvia mansa e incansable que
penetra los poros de la tierra hasta los lugares más profundos. Por suerte la
brisa del norte parecía limpiar el cielo y el aire.
Miró su reloj, eran
las 11.30. Estaba cansada, pero la consolaba que era viernes y no trabaja hasta
el lunes. A pocas cuadras de allí estaba Ramiro, su hijo de 5 años, recién
había hablado con él por celular y le
dijo que la esperaría despierto porque quería darle un dibujo que le había
hecho.
Rami, así le decían,
pasaba la mayor parte del día con los abuelos. De lunes a viernes su madre
trabajaba todo el día, se iba cuando él aún dormía y llegaba cuando ya se había
acostado. Por eso le gustaban los viernes tanto como a ella, al otro día no
tenía que ir a la escuela y su madre no trabajaba, eso le daba un montón de
horas para estar juntos.
A su padre lo había
visto poco. Sabía, porque su madre le había contado, que era un hombre malo.
Rami no entendía cómo un padre puede entrar en esa categoría. Cuando sus
compañeros de clase hablaban de sus padres lo hacían con una visión y un
sentimiento que él no tenía ni sentía por el suyo. No lo entendía ni pensaba
mucho al respecto aunque a veces le gustaría tenerlo cerca.
Le gustaría, pero
sabía que no podía. Se lo había dicho su madre y también sus abuelos: “es
malo”. Rami nunca preguntaba por qué era malo pero en el fondo sabía la
respuesta: porque le pegaba a su madre, la había lastimado, y eso no estaba
bien.
Puso el dibujo ya pronto
sobre la mesa del comedor. Era una suerte de retrato familiar en el que
aparecían los abuelos, el perro, su madre y él tomándole la mano. Juntó los
colores y los puso en la caja meticulosamente ordenados por tonalidad mientras
su abuela controlaba la carne estofada que se cocina lentamente y daba la última revuelta a la mermelada de higos. En
el living el abuelo miraba la televisión.
La mujer no lo vio
pero sintió que alguien caminaba tras ella. No le dio importancia. Estaba a dos
cuadras de su casa y conocía a todos en el barrio porque había vivido allí toda
su vida. Era una zona tranquila, en la que nunca pasa nada, sin embargo su
instinto la puso en alerta.
Se acercó al cordón
para cruzar la calle, miró de un lado al otro y
salvo las sombras de los árboles moviéndose por el viento suave no vio a
nadie ni distinguió figura alguna. Llegó a la vereda de enfrente y se encaminó
rápidamente hacia su casa, eran sólo 150 metros. Sus pasos eran ligeros, la
ropa deportiva la ayudaban a moverse con agilidad.
Llegó a la esquina en
la que debía doblar a la izquierda, era una esquina oscura opacada aún más por
las sombras de los árboles. La brisa sopló más fuerte y las ramas se sacudieron
chocando entre sí, golpeando las hojas, descendiendo un rumor acumulado de
varias ramas y varias hojas rozando unas con otras. Sintió la soledad y
súbitamente, sin tener más tiempo que para el susto repentino y el miedo
intenso, vio la hoja brillante de una cuchilla y los brazos gruesos del hombre
atacándola por detrás a tiempo que un susurro le decía al oído que si gritaba
la mataba.
Siempre le había
dicho a sus padres que si alguna vez los roban no se resistieran y entregaran
todo el dinero que tuvieran, fue lo que intentó hacer, pero no resultó.
En la casa Rami se
asomó por la ventana y vio la calle vacía y oscura. Los árboles le parecieron
monstruos asechando, esperando que él saliera para agarrarlo, pero él no
saldría porque con sus abuelos se sentía seguro.
![]() |
| Foto de Losllanosonline. |
-No es mucho pero es
todo lo que tengo – dijo la mujer entregando el monedero.
-No es eso lo que
quiero – contestó la voz mientras empujaba a la mujer hacia el rincón más
oscuro. Fue cuando entendió el tipo de ataque que sufría.
La mano gruesa de
dedos cortos le empujó el pantalón hacia abajo y el cuerpo del agresor la presionó contra el muro de un
galpón abandonado.
No se animó a gritar.
A pocos metros de allí estaba la seguridad de su hogar donde aquellos que más
quería la esperaban. Apreciaba su vida, quería ver crecer a su hijo, tenía
miedo de morir. Miró hacia un lado y hacia otro, no había nadie, no la
ayudarían.
Su cuerpo y su mente
se negaban a aceptar lo que le estaba sucediendo hasta que comenzó a suceder y
ya era irreversible.
Fueron unos segundos,
nunca supo cuantos, pero demasiado largos. Cuando el hombre estuvo satisfecho
simplemente se retiró sin decir palabra y la dejó con los pantalones por la
rodilla, apoyada en el muro de aquel galón abandonado, en la oscuridad de la
calle, mordiéndose los labios para no llorar.
Temblorosa se acomodó
la ropa como pudo y giró con lentitud. La calle volvió a estar vacía y los
árboles ajenos a su tragedia humana se movieron al ritmo del viento en una
especie de ritual obsceno.
Comenzó a caminar,
estaba sólo a 100 metros de su hogar. Quiso llegar rápido pero sólo pudo dar
dos pasos, entendió que Rami no podía verla en ese estado de suciedad interior,
dominada por la tensión y con los nervios quebrados. Se detuvo apoyando la
espalda en la pared y flexionó las rodillas hasta sentarse en la vereda de
baldosas mojadas. Respiró hondo, buscó un pañuelo de papel y se secó la cara.
Le hizo bien sentir el aire frío entrar en sus pulmones.
El niño estaba
impaciente. Era la tercera o cuarta vez que corría a la ventana para ver si
llegaba.
-Ya debería estar
aquí – le dijo a su abuelo.
-Tranquilo, llegará
en unos minutos - respondió el hombre en
tono pausado sin quitar la mirada del televisor.
Desde donde estaba,
Rami podía ver en ángulo parte de la esquina por la que su madre doblaría en
cualquier momento. Estaba tan cerca del vidrio de la ventana que lo empañaba
con la respiración. Afuera los árboles seguían acechándolo.
Unos segundos fueron
suficientes para sacarla del estado de shock inicial. Era una mujer fuerte,
acostumbrada a sobreponerse a las difíciles situaciones que la vida le había
generado, y si bien nunca pensó ni creyó posible que aquello le sucediera, en
su fuero íntimo sabía que lo superaría. Ahora debía pensar en Rami que la
esperaba, seguramente ansioso a través de la ventana, sin quitar la mirada de
la esquina donde ella aparecería.
Se levantó y se
dirigió a la esquina. Ella no lo vio pero al doblar a la izquierda supo que
Rami anunciaba su inminente llegada, y así fue.
Desde la ventana de
la casa el niño descubrió la silueta de su madre entre las sombra de los
árboles. - ¡Allá viene! - exclamó.
-Te dije... - comentó
su abuelo.
Eran menos de 90
metros, mientras los recorría se preguntaba si Rami se daría cuenta de su
angustia. Tenía unos pocos segundos para ocultarla, debía mostrarse feliz como
todos los viernes y la mejor forma era pensando en él, su mejor motivación para
superar las adversidades.
50 metros. Enderezó
la columna, levantó la mirada y respiró profundo. Sintió el olor de las rosas
de su vecina, pensó que sería buena cosa llevar una de obsequio para su madre.
La calle seguía vacía, cortó una rosa que se asomaba por encima del muro y
cruzó hacia su vereda.
Ahora se movía
rápido. Si alguien la hubiera visto nunca imaginaría lo que soportó unos minutos antes.
Cuando llegó al
portón de la casa miró hacia la ventana y sus ojos encontraron la sonrisa del
niño al otro lado del vidrio. Tanta inocencia la reconfortó y le dio fuerza
para dominar la angustia que le abría en pecho en dos. Apretó los labios,
resistió en silencio el llanto que quería brotar impetuoso y entró a la casa.
Había olor a hogar,
esa mezcla de carne estofada pronta para comer, mezclada con el perfume dulzón
de la mermelada de higos. Perfumes de la cocina cacera que nunca se olvidarán.
Afuera quedó la humedad, las sombras amenazantes de los árboles, la inseguridad
y el asco experimentado.
El niño corrió y
saltó sobre ella. La besó y abrazó con toda la fuerzas que fueron capaces sus
bracitos blancos y delgados. No hay escena más tierna que la de un niño
reencontrándose con su madre.
En cuanto pudo subió
las escaleras y se metió en el baño. El agua caliente le quitó toda la
sensación de suciedad que le había quedado. La espuma blanca y abundante
resbalaba por su cuerpo y se perdía por el desague mientras lloraba tratando de
tapar cualquier ruido que pudiera
delatarla. Lloró, lloró y maldijo, aunque sabía que maldecir no conduce a nada.
Al bajar la cena
estaba servida, su padre había apagado el televisor y todos la esperaban en la
mesa. Rami sonreía ansioso, la abuela había enroscado la cartulina y puesto una
cinta roja con una moña. El niño no veía el momento en que su madre se sentara
en la mesa para entregarle el dibujo que le había hecho como obsequio de
cumpleaños.

No hay comentarios:
Publicar un comentario