martes, 3 de noviembre de 2015

EL OBSEQUIO

Montevideo - Hébert Dell Onte Larrosa. Twitter

La mujer caminaba a paso seguro por la calle oscura. La noche se presentaba fresca pero no hacía frío, estaba levemente ventosa y conservaba la humedad de la última llovizna al final del día.

Habían pasado cuatro horas y media de esa última llovizna, ahora el cielo estaba estrellado y prometía un amanecer luminoso, sin embargo la humedad continuaba en las veredas, los jardines de las casas y en los árboles, sobre las hojas o penetrando los robustos troncos inmóviles.



Había sido un día largo y difícil. La lluvia había llegado con el amanecer y durado todo el día, esa  lluvia mansa e incansable que penetra los poros de la tierra hasta los lugares más profundos. Por suerte la brisa del norte parecía limpiar el cielo y el aire.

Miró su reloj, eran las 11.30. Estaba cansada, pero la consolaba que era viernes y no trabaja hasta el lunes. A pocas cuadras de allí estaba Ramiro, su hijo de 5 años, recién había hablado con él por  celular y le dijo que la esperaría despierto porque quería darle un dibujo que le había hecho.

Rami, así le decían, pasaba la mayor parte del día con los abuelos. De lunes a viernes su madre trabajaba todo el día, se iba cuando él aún dormía y llegaba cuando ya se había acostado. Por eso le gustaban los viernes tanto como a ella, al otro día no tenía que ir a la escuela y su madre no trabajaba, eso le daba un montón de horas para estar juntos.

A su padre lo había visto poco. Sabía, porque su madre le había contado, que era un hombre malo. Rami no entendía cómo un padre puede entrar en esa categoría. Cuando sus compañeros de clase hablaban de sus padres lo hacían con una visión y un sentimiento que él no tenía ni sentía por el suyo. No lo entendía ni pensaba mucho al respecto aunque a veces le gustaría tenerlo cerca.

Le gustaría, pero sabía que no podía. Se lo había dicho su madre y también sus abuelos: “es malo”. Rami nunca preguntaba por qué era malo pero en el fondo sabía la respuesta: porque le pegaba a su madre, la había lastimado, y eso no estaba bien.

Puso el dibujo ya pronto sobre la mesa del comedor. Era una suerte de retrato familiar en el que aparecían los abuelos, el perro, su madre y él tomándole la mano. Juntó los colores y los puso en la caja meticulosamente ordenados por tonalidad mientras su abuela controlaba la carne estofada que se cocina lentamente y daba la  última revuelta a la mermelada de higos. En el living el abuelo miraba la televisión.

La mujer no lo vio pero sintió que alguien caminaba tras ella. No le dio importancia. Estaba a dos cuadras de su casa y conocía a todos en el barrio porque había vivido allí toda su vida. Era una zona tranquila, en la que nunca pasa nada, sin embargo su instinto la puso en alerta.

Se acercó al cordón para cruzar la calle, miró de un lado al otro y  salvo las sombras de los árboles moviéndose por el viento suave no vio a nadie ni distinguió figura alguna. Llegó a la vereda de enfrente y se encaminó rápidamente hacia su casa, eran sólo 150 metros. Sus pasos eran ligeros, la ropa deportiva la ayudaban a moverse con agilidad.

Llegó a la esquina en la que debía doblar a la izquierda, era una esquina oscura opacada aún más por las sombras de los árboles. La brisa sopló más fuerte y las ramas se sacudieron chocando entre sí, golpeando las hojas, descendiendo un rumor acumulado de varias ramas y varias hojas rozando unas con otras. Sintió la soledad y súbitamente, sin tener más tiempo que para el susto repentino y el miedo intenso, vio la hoja brillante de una cuchilla y los brazos gruesos del hombre atacándola por detrás a tiempo que un susurro le decía al oído que si gritaba la mataba.

Siempre le había dicho a sus padres que si alguna vez los roban no se resistieran y entregaran todo el dinero que tuvieran, fue lo que intentó hacer, pero no resultó.

En la casa Rami se asomó por la ventana y vio la calle vacía y oscura. Los árboles le parecieron monstruos asechando, esperando que él saliera para agarrarlo, pero él no saldría porque con sus abuelos se sentía seguro.
Foto de Losllanosonline.

-No es mucho pero es todo lo que tengo – dijo la mujer entregando el monedero.

-No es eso lo que quiero – contestó la voz mientras empujaba a la mujer hacia el rincón más oscuro. Fue cuando entendió el tipo de ataque que sufría.

La mano gruesa de dedos cortos le empujó el pantalón hacia abajo y el cuerpo del  agresor la presionó contra el muro de un galpón abandonado.

No se animó a gritar. A pocos metros de allí estaba la seguridad de su hogar donde aquellos que más quería la esperaban. Apreciaba su vida, quería ver crecer a su hijo, tenía miedo de morir. Miró hacia un lado y hacia otro, no había nadie, no la ayudarían.

Su cuerpo y su mente se negaban a aceptar lo que le estaba sucediendo hasta que comenzó a suceder y ya era irreversible.

Fueron unos segundos, nunca supo cuantos, pero demasiado largos. Cuando el hombre estuvo satisfecho simplemente se retiró sin decir palabra y la dejó con los pantalones por la rodilla, apoyada en el muro de aquel galón abandonado, en la oscuridad de la calle, mordiéndose los labios para no llorar.

Temblorosa se acomodó la ropa como pudo y giró con lentitud. La calle volvió a estar vacía y los árboles ajenos a su tragedia humana se movieron al ritmo del viento en una especie de ritual obsceno.

Comenzó a caminar, estaba sólo a 100 metros de su hogar. Quiso llegar rápido pero sólo pudo dar dos pasos, entendió que Rami no podía verla en ese estado de suciedad interior, dominada por la tensión y con los nervios quebrados. Se detuvo apoyando la espalda en la pared y flexionó las rodillas hasta sentarse en la vereda de baldosas mojadas. Respiró hondo, buscó un pañuelo de papel y se secó la cara. Le hizo bien sentir el aire frío entrar en sus pulmones.

El niño estaba impaciente. Era la tercera o cuarta vez que corría a la ventana para ver si llegaba.

-Ya debería estar aquí – le dijo a su abuelo.

-Tranquilo, llegará en unos minutos -  respondió el hombre en tono pausado sin quitar la mirada del televisor.

Desde donde estaba, Rami podía ver en ángulo parte de la esquina por la que su madre doblaría en cualquier momento. Estaba tan cerca del vidrio de la ventana que lo empañaba con la respiración. Afuera los árboles seguían acechándolo.

Unos segundos fueron suficientes para sacarla del estado de shock inicial. Era una mujer fuerte, acostumbrada a sobreponerse a las difíciles situaciones que la vida le había generado, y si bien nunca pensó ni creyó posible que aquello le sucediera, en su fuero íntimo sabía que lo superaría. Ahora debía pensar en Rami que la esperaba, seguramente ansioso a través de la ventana, sin quitar la mirada de la esquina donde ella aparecería.

Se levantó y se dirigió a la esquina. Ella no lo vio pero al doblar a la izquierda supo que Rami anunciaba su inminente llegada, y así fue.

Desde la ventana de la casa el niño descubrió la silueta de su madre entre las sombra de los árboles. - ¡Allá viene! - exclamó.

-Te dije... - comentó su abuelo.

Eran menos de 90 metros, mientras los recorría se preguntaba si Rami se daría cuenta de su angustia. Tenía unos pocos segundos para ocultarla, debía mostrarse feliz como todos los viernes y la mejor forma era pensando en él, su mejor motivación para superar las adversidades.

50 metros. Enderezó la columna, levantó la mirada y respiró profundo. Sintió el olor de las rosas de su vecina, pensó que sería buena cosa llevar una de obsequio para su madre. La calle seguía vacía, cortó una rosa que se asomaba por encima del muro y cruzó hacia su vereda.

Ahora se movía rápido. Si alguien la hubiera visto nunca imaginaría lo que  soportó unos minutos antes.

Cuando llegó al portón de la casa miró hacia la ventana y sus ojos encontraron la sonrisa del niño al otro lado del vidrio. Tanta inocencia la reconfortó y le dio fuerza para dominar la angustia que le abría en pecho en dos. Apretó los labios, resistió en silencio el llanto que quería brotar impetuoso y entró a la casa.

Había olor a hogar, esa mezcla de carne estofada pronta para comer, mezclada con el perfume dulzón de la mermelada de higos. Perfumes de la cocina cacera que nunca se olvidarán. Afuera quedó la humedad, las sombras amenazantes de los árboles, la inseguridad y el asco experimentado.

El niño corrió y saltó sobre ella. La besó y abrazó con toda la fuerzas que fueron capaces sus bracitos blancos y delgados. No hay escena más tierna que la de un niño reencontrándose con su madre.

En cuanto pudo subió las escaleras y se metió en el baño. El agua caliente le quitó toda la sensación de suciedad que le había quedado. La espuma blanca y abundante resbalaba por su cuerpo y se perdía por el desague mientras lloraba tratando de tapar cualquier ruido que  pudiera delatarla. Lloró, lloró y maldijo, aunque sabía que maldecir no conduce a nada.


Al bajar la cena estaba servida, su padre había apagado el televisor y todos la esperaban en la mesa. Rami sonreía ansioso, la abuela había enroscado la cartulina y puesto una cinta roja con una moña. El niño no veía el momento en que su madre se sentara en la mesa para entregarle el dibujo que le había hecho como obsequio de cumpleaños.

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