Montevideo-@HDellOnte-La primera señal fue una brisa tibia
que movió las delgadas y viejas cortinas de la ventana abierta de
par en par. Era una brisa que venía de lejos y traía el olor de la
lluvia cayendo sobre la tierra reseca y caliente.
Juan Andrés estaba tirando sobre la
cama dejando pasar el tiempo que el calor de febrero hacía largo e
interminable. Aburrido, con el cuerpo sucio y mojado por la
transpiración se entretenía observando el vuelo de dos moscas que
imprudentemente se acercaban a una delgada y patuda araña que había
anidado en lo alto del techo, en la esquina que la chapa forma con la
pared.
El niño y la araña sabían que era
cuestión de tiempo para que una de las moscas, o las dos, cayera
enredada en la casi invisible tela prolijamente acomodada en el
lugar. La araña lo sabía por instinto, el niño porque ya había
observado esa escena otras tardes, a la hora de la siesta, cuando sus
padres no lo dejaban salir porque el sol estaba muy fuerte y porque
nadie andaba afuera a esa hora.
En los últimos días la araña se
había convertido en el pasatiempo de Juan Andrés. En realidad se
había hecho amigo de animal, aunque éste, claro está, no lo sabía.
Antes de iniciar su siesta obligada el
niño recogía algún pequeño trozo del almuerzo y, ayudado por un
clavito que alguna vez sostuvo un cable de la instalación eléctrica,
lo ponía en la pared contra el techo, próximo a la telaraña. Una
vez fue una miga de pan, otra vez un trocito de dulce. Llevadas por
el olor y como si fuese un regalo del azar las moscas revoloteaban y
comían el manjar ajenas al peligro que asechaba.
Por segunda vez las cortinas se
movieron y parecieron flotar, como queriendo desprenderse de la
cuerda que las sujetaba. Esta vez el olor era más intenso y el aire
un poco más fresco. De repente comenzó el golpeteo sobre los techos
de chapa. Al comienzo fue una lluvia mansa. Los niños de las casas
de la manzana salieron corriendo y sus pulmones se llenaron de aire
impregnado en humedad. Era la lluvia, era el olor de la tierra que
comienza a mojarse, eran las gruesas gotas que caían, golpeaban y
rebotaban sobre los techos de chapa caliente o las amarronadas hojas
en la altura de los árboles.
No sabían por qué, pero la lluvia
los puso felices. Se olvidaron del calor y Juan Andrés se olvidó de
la araña y las moscas. Saltó de la cama y salió a la calle,
descalzo, sin más ropa el short rojo y se unió a sus amigos y
vecinos que saltaban, corrían y celebraran las gotas que golpeaban
sus rostros vueltos al cielo gris, sobre sus brazos extendidos hacia
los costados, sobre las palmas de sus manos abiertas, en sus cabellos
enredados y sucios.
Los pájaros, como los niños, salían
de sus nidos y parecían correr en el aire, en círculos, subiendo y
bajando. Una pareja de horneros, sobre el nido de barro, combinaba
sus cantos con los gritos de los niños.
La llovizna de gotas gruesas se
convirtió en un chaparrón fuerte. Segundos después el agua corría,
bajaba y se iba caudalosamente por la cuneta.
Después de meses sin llover, con el
sol que parecía multiplicar sus fuerzas evaporando las nubes y
generando la mayor sequía conocida en años, el agua de aquel
febrero se había convertido en una bendición. Y los niños lo
celebraban, precisamente ellos que tanto les disgusta la lluvia
cuando les impide jugar, ahora jugaban con ella.
El abuelo de Juan Andrés, ciego a sus
87 años, caminando con dificultad y ayudado por un bastón de
madera, salió a la puerta, olió el aire y levantó el rostro
arrugado al cielo. Hacía años que no veía, pero sonrió cuando
sintió cayendo sobre sus labios secos la lluvia, el chaparrón
fuerte, y regresó al interior con un gesto de sublime satisfacción.

Hola.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho esta entrada, escribes muy bien.
Y con eso que amo las arañas, tuve una tarántula hace tiempo, y me acorde de ella, por tu texto. Pero en fin, buenos escritos, saludos.