miércoles, 26 de agosto de 2015

LA LLUVIA DE AQUEL FEBRERO.


Montevideo-@HDellOnte-La primera señal fue una brisa tibia que movió las delgadas y viejas cortinas de la ventana abierta de par en par. Era una brisa que venía de lejos y traía el olor de la lluvia cayendo sobre la tierra reseca y caliente.

Juan Andrés estaba tirando sobre la cama dejando pasar el tiempo que el calor de febrero hacía largo e interminable. Aburrido, con el cuerpo sucio y mojado por la transpiración se entretenía observando el vuelo de dos moscas que imprudentemente se acercaban a una delgada y patuda araña que había anidado en lo alto del techo, en la esquina que la chapa forma con la pared.


El niño y la araña sabían que era cuestión de tiempo para que una de las moscas, o las dos, cayera enredada en la casi invisible tela prolijamente acomodada en el lugar. La araña lo sabía por instinto, el niño porque ya había observado esa escena otras tardes, a la hora de la siesta, cuando sus padres no lo dejaban salir porque el sol estaba muy fuerte y porque nadie andaba afuera a esa hora.

En los últimos días la araña se había convertido en el pasatiempo de Juan Andrés. En realidad se había hecho amigo de animal, aunque éste, claro está, no lo sabía.

Antes de iniciar su siesta obligada el niño recogía algún pequeño trozo del almuerzo y, ayudado por un clavito que alguna vez sostuvo un cable de la instalación eléctrica, lo ponía en la pared contra el techo, próximo a la telaraña. Una vez fue una miga de pan, otra vez un trocito de dulce. Llevadas por el olor y como si fuese un regalo del azar las moscas revoloteaban y comían el manjar ajenas al peligro que asechaba.

Por segunda vez las cortinas se movieron y parecieron flotar, como queriendo desprenderse de la cuerda que las sujetaba. Esta vez el olor era más intenso y el aire un poco más fresco. De repente comenzó el golpeteo sobre los techos de chapa. Al comienzo fue una lluvia mansa. Los niños de las casas de la manzana salieron corriendo y sus pulmones se llenaron de aire impregnado en humedad. Era la lluvia, era el olor de la tierra que comienza a mojarse, eran las gruesas gotas que caían, golpeaban y rebotaban sobre los techos de chapa caliente o las amarronadas hojas en la altura de los árboles.

No sabían por qué, pero la lluvia los puso felices. Se olvidaron del calor y Juan Andrés se olvidó de la araña y las moscas. Saltó de la cama y salió a la calle, descalzo, sin más ropa el short rojo y se unió a sus amigos y vecinos que saltaban, corrían y celebraran las gotas que golpeaban sus rostros vueltos al cielo gris, sobre sus brazos extendidos hacia los costados, sobre las palmas de sus manos abiertas, en sus cabellos enredados y sucios.

Los pájaros, como los niños, salían de sus nidos y parecían correr en el aire, en círculos, subiendo y bajando. Una pareja de horneros, sobre el nido de barro, combinaba sus cantos con los gritos de los niños.

La llovizna de gotas gruesas se convirtió en un chaparrón fuerte. Segundos después el agua corría, bajaba y se iba caudalosamente por la cuneta.

Después de meses sin llover, con el sol que parecía multiplicar sus fuerzas evaporando las nubes y generando la mayor sequía conocida en años, el agua de aquel febrero se había convertido en una bendición. Y los niños lo celebraban, precisamente ellos que tanto les disgusta la lluvia cuando les impide jugar, ahora jugaban con ella.

El abuelo de Juan Andrés, ciego a sus 87 años, caminando con dificultad y ayudado por un bastón de madera, salió a la puerta, olió el aire y levantó el rostro arrugado al cielo. Hacía años que no veía, pero sonrió cuando sintió cayendo sobre sus labios secos la lluvia, el chaparrón fuerte, y regresó al interior con un gesto de sublime satisfacción.

1 comentario:

  1. Hola.
    Me ha gustado mucho esta entrada, escribes muy bien.
    Y con eso que amo las arañas, tuve una tarántula hace tiempo, y me acorde de ella, por tu texto. Pero en fin, buenos escritos, saludos.

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