Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitter
Siempre
creyó que lo peor que podía pasarle en la vida era la muerte de su hija. A los
35 años cuando la niña tenía 10 aprendió que hay cosas peores que la muerte y
la desaparición es una de ellas.
Valentina
tenía tenía 10 años el último día que la vio. Era una mañana fría pero
agradable de julio de 2001. Como hacía cada día salió de su casa rumbo a la
escuela a las siete y media, cuando aún estaba oscuro. Marta, su madre, la
acompañaba casi todas las mañanas, excepto los días que entraba más temprano al
trabajo, y aquel lunes de julio de 2001 era uno de esos días.
Cuando
eso pasaba Valentina iba por la casa de Fernanda, una compañera que vivía a
sólo 50 metras de su casa, y juntas caminaban hasta la escuela que quedaba a
dos cuadras de la casa de ésta última.
Pero
esa mañana, hace 14 años, algo pasó y Marta no lo supo hasta que a primera hora
de tarde llamó a su casa para preguntarle a Valentina cómo le había ido en la
escuela. Era una llamada rutinaria, siempre a la una de la tarde, mientras
ambas comían, la niña en su casa y la madre en la hora que tenía en el trabajo.
Se comentaban cosas y Marta comprobaba así que su hija estaba bien.
Pero
esa mañana fría y soleada, Valentina no contestó. Marta insistió pero fue
inútil. Supo que algo malo había pasado, pero cuán malo podría ser sólo lo
averiguaría con el paso de los años.
Primero
ese nerviosismo invasivo que no deja pensar bien. Llamadas desesperadas,
cargadas de angustias que no sabe por dónde canalizar: a la escuela para
confirmar si se retiró o algo la demoró allí. “No señora, no hay ningún niño
del turno matutino” dice una voz amable del otro lado. Y Marta: “Podría ir
hasta el salón a ver si está allí, en el patio o el comedor, capaz que se quedó
con alguna compañerita”. Y la voz comprensible: “Déjeme su número, me fijo y la
llamo”. Cinco minutos después: “Señora, la busqué y aquí en la escuela no está.
Además miré la lista de quinto, ¿es Valentina la que está en quinto, no?...,
tiene falta, hoy no asistió a clases”.
Otra
vez llamar a su casa. Tal vez estaba en el baño y no pudo atender el teléfono.
Llama, da libre, pero no contesta.
¡Fernanda!
Con manos temblorosas busca en la agenda de celular, por la A de Amigos, no
está, tampoco por E de escuela. Al fin aparece por su nombre. Cada segundo que
pasa es una dosis de nerviosismo que se suma. Pulso acelerado, manos
temblorosas y húmedas, lágrimas que surgen espontáneamente, el pecho que se
oprime, dificultad para respirar, pensamientos confusos... y a pesar de ese
cóctel, la esperanza de que sólo sea una travesura, de que en algún momento su
celular llamará y será la niña para contarle cómo estuvo la jornada.
Por
fin atienden. No es Fernanda sino su mamá. “¿Cómo estas Marta?..., no la he
visto ¿sucede algo?..., pero Fernanda no fue a la escuela, está enferma, yo
estuve toda la mañana en casa y Valentina por acá no pasó”.
Sólo
es media cuadra, cincuenta metros, y en ese trayecto algo pasó, algo que
cambiaría su vida para siempre imprimiéndole un giro que condicionará su
felicidad hasta el último respiro.
Otras
amigas, en lugar de haber ido a la escuela pudo ir a casa de alguna de ellas,
eso no está bien y Valentina nunca lo había hecho, pero ahora Marta desea
desesperadamente que su niña haya hecho alguna travesura de ese tipo. “Sí, seguramente
está con alguna de sus amigas, ella es muy sociable y simpática”, pensaba
mientras llamaba a una y otra. Nadie había la visto.
¿En
casa de los abuelos? Hubiera preferido no llamarlos para no ponerlos nerviosos,
son gente grande y cualquier alarma respecto a algo tan grave puede afectarlos.
Pero ¿a quién recurrir? Divorciada, su ex marido se había mudado hace cinco
años a la India, no tenía más remedio que llamar a sus padres y ex suegros con
los que Valentina tenía muy buen vínculo, pero la respuesta no se hizo esperar,
tampoco estaba allí.
Desechadas
todas las posibilidades de que estuviera entretenida en casa de alguna amiga o
de sus abuelos, comenzó a pensar que algo malo debió sucederle. Un accidente al
cruzar la calle, o tal vez se desmayó, “pero ha de estar bien, en una hora o
dos estará nuevamente en casa, en su cuarto con sus cosas, haciendo los deberes
para la escuela”, se decía.
Decidió
recorrer los hospitales. Dejó el trabajo y paró el primer taxi que pasó por el
lugar. A esa hora el sol brillaba fuerte, era una fría y seca tarde de junio,
nunca la olvidaría. Desde el mar, flotando en la brisa, llegaba un tenue olor a
sal y el sonido del Puerto se mezclaba con los de la ciudad. Subió al taxi,
miró por la venta y vio, a lo lejos, la fortaleza del Cerro. Nunca olvidaría
ese olor, ni el sonido del Puerto de aquella tarde, ni la postal de la
fortaleza encuadrada en el marco de la ventanilla del taxi.
El
periplo hospitalario sólo sirvió para incrementar su angustia. Maciel, Pereira
Rosell, Clínicas, Pasteur..., la Española, Hospital Italiano, Británico...,
policlínicas barriales. No quedó centro de salud sin visitar, y la respuesta
era la misma: allí no había llegado nadie con las características físicas de
Valentina: diez años, delgada, tez blanca, pelo negro largo, ojos miel, esa
mañana llevaba una vincha azul y como seña particular en la parte interna del
brazo, próximo a la axila, un pequeño tatuaje con la inscripción “Tu y yo”,
ambas se lo habían grabado hacía cinco años, en el mismo lugar, igual tipo de
letra, como eterno recordatorio de que, una vez abandonadas, habían quedado
solas pero unidas. “No señora, no hay ninguna niña con esas característica”,
fue la respuesta repetida una y otra vez.
Y
lo último, la Policía, con la cual comienza un nuevo calvario que adquiere
diferentes formas. Las indagatorias en las que una y otra vez hay que contar la
historia de lo sucedido. Una y otra vez soportar que se insinúen situaciones
como que madre e hija mantenían una relación conflictiva, la intervención de
los teléfonos, la computadora inspeccionando correos, redes sociales, y la
consecuente pérdida de toda intimidad. Para la Policía cualquier persona que se
haya aproximado a la niña en las últimas semanas es sospechosa, y ello requiere
de un gran esfuerzo por parte de la madre para armar, como si fuera una
película, cada cosa que la niña hizo y con quien estuvo. Al estrés por pérdida
en si se suma el miedo y la presión por no poder olvidar ningún detalle porque
puede ser clave para encontrar a la niña.
A
la Policía y como consecuencia natural se sumó el periodismo y una exposición a
la que el común de las personas no está acostumbrada.
Pero
en catorce años de infructuosa búsqueda y de culpa, lo peor ha sido la
incertidumbre. No saber qué le sucedió, no entender cómo pudo desaparecer
prácticamente de la puerta de su casa, por qué no llegó a la casa de su amiga a
tan sólo 50 metros, no saber si está viva o muerta, si murió en qué condiciones
lo hizo, dónde está enterrado su cuerpo. Pero si vive, cómo es la vida que
lleva, qué historia le hicieron quienes la robaron, si es feliz, si tiene
hijos, si la recuerda.
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