Montevideo-Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitrer
Cuando
Franco despertó miró el cielo azul y sintió la brisa golpeándole la cara. En
Sao Paulo el aire aún estaba fresco y arrastraba el perfume de alguna flor de
algún punto del parque que desde hace varios años, no sabía cuántos, era su
hogar.
Había
tenido una casa, pero hacía mucho de eso y su memoria se resistía a recordar,
hacerlo lo entristecía. El recuerdo ponía ante sí lo que fue y lo que es. ¿Cómo
llegó tan bajo? Si existiera la forma de redimirse, lo haría, sólo necesitaba
una oportunidad, deseaba que la vida se la diera, pero había desperdiciado
tantas que sentía que ya no tendría otra.
Esa
noche soñó con su madre. La última vez que la vio fue en un asilo, estaba
avejentada, venida a menos, sola en una habitación que parecía una sala de
hospital. Tenía la televisión encendida en un programa de juegos y premios,
pero no le prestaba atención. Su única propiedad era una muda de ropas y una
vieja Biblia sobre la mesa de luz. La televisión era una gentileza del lugar...
Pero habían pasado cuatro años, ni siquiera tenía certeza de que siguiera
viviendo allí, no recordaba su edad pero calculaba que rondaba los 65, si es
que no había fallecido.
Tenía
una hermana dos años mayor pero no la veía desde los años noventa. La había buscado
pero no había tenido suerte. Hace unos meses, siete o nueve tal vez, fue a la
casa donde vivía en un barrio de clase media pero se encontró con que la
vivienda había sido reformada. Llamó a la puerta y una mujer blanca lo atendió.
Le explicó que buscaba a su hermana, una morena simpática que había vivido allí
varios años, “tiene un hijo”, agregó.
“Pero
su hermana hace mucho que se fue”, le dijo la mujer. “A su marido le ofrecieron
trabajo en el exterior, no se si en España o Italia, nos vendieron la casa y se
fueron los tres”.
Hacía
mucho que Franco vivía sólo en las afueras del Estadual de Belén, un parque que
antes había sido una cárcel, donde él mismo había pasado algunos años; no tenía
nada, solo la ropa que llevaba puesta y un bolso que cargaba a cada lugar al
que iba, en el que tenía una botella con agua y una frazada. Su vida era
irregular, volátil, despreocupada, sin compromisos ni responsabilidades de
ningún tipo, sin embargo saber que tenía a su hermana, nexo con su madre, le
daba un poco de sentido, consuelo y estabilidad a su vida. Pero cuando se
enteró que se había ido, que estaba en Europa, lejos e inalcanzable, sintió por
primera vez el abismo de la soledad. Fue cuando comprendió que la soledad es
mucho más que no tener compañía, es saber que ya no puedes contar con nadie
porque no tienes a nadie con quien contar.
Eso
había sido hace unos meses y ya debió haberlo superado. Siempre superaba, más
bien huía de las circunstancias adversas, sin embargo ahora no podía. No sabía
por qué pero durante las últimas noches soñaba con su madre. Soñaba que era un
niño de nueve o diez años, que dormía junto a su madre y ésta estaba en una
actitud protectora, como si algún peligro asechara. Eso hacen las buenas
madres, protegen a sus hijos. En determinado momento la mujer le daba un beso
en la frente y se alejaba, era cuando despertaba.
Las
primeras veces el sueño le dio paz, pero con el paso de las noches, y ante la
reiteración de las imágenes, una rara preocupación comenzó a afectarlo. ¿Por
qué soñaría con su madre? Tal vez desde algún lugar intentaba darle un mensaje,
pero ¿cuál?, y ¿por qué después de tanto tiempo sin que supieran nada el uno
del otro?
El
aire volvió a golpearle la cara, aspiró profundo llenando sus pulmones de ese
perfume dulzón, tomó el bolso, metió la frazada dentro y comenzó a caminar,
necesitaba alimentarse. Su desayuno no estaba guardado en la heladera de la
cocina, debía buscarlo en los contenedores de basura, a veces disputarlo a los
perros. Comenzó a caminar, no importaba a dónde, pocas veces tenía un destino,
sólo caminó con los ojos bien abiertos en búsqueda de algo que pudiera servir
para desayunar.
No
se lo propuso pero caminó hacia la Catedral da Sé, la Catedral Metropolitana de
Sao Paulo, que estaba a unas cuantas cuadras. Tenía 41 años y su andar era
cansino. Tomó por la avenida Celso García y fue recorriendo las cuadras,
cruzando las calles, y cada tanto revisaba la basura. Con los minutos llegó el
calor, ahora el aire estaba más espeso, había perdido la pureza y la frescura
del amanecer. Autos, camiones, ómnibus, ese permanente ruido en una ciudad
donde nunca se escuchan cantar los pájaros.
Las
calles se llenaron de personas ensimismadas en sus pensamientos, y el hombre se
entreveró en la multitud. Él ignoraba a todos y todos lo ignoraba a él. Así son
las grandes ciudades, muchas personas que conviven y comparten calles, veredas
y transporte, sin que nadie se fija en el otro.
Siguió
caminando, buscando su desayuno y lo encontró, restos de la cena de alguien,
trozos de hueso de pollo metidos en una bolsa. No era suficiente, pero le bastó
para calmar un poco ese hambre incipiente de la mañana.
Al
cabo de unos minutos había devorado el escaso pero sabroso menú. Se limpió la
boca con la manga del abrigo, las manos en el pantalón, y siguió caminando por
la avenida Celso García. Llegó a la Praça da Sé y se dirigió a la Catedral.
Acostumbraba
ir hasta allí a pedir limosnas, el movimiento de tanta gente y la llegada de
turistas de todas partes del mundo lo hacían un lugar atractivo para hacer
algunas monedas extras. Franco sabía que los turistas no suelen ayudar a los
mendigos, pero entre tantos que visitaban el lugar siempre había alguno que se
conmovía y como no están familiarizados con el valor de la moneda local sus
ayudas suelen ser generosas.
Pero
esa mañana fue diferente. Al llegar encontró que una multitud observaba lo que
ocurría en las escaleras que llevan a la puerta principal de la Catedral.
Móviles de la televisión transmitían en vivo, lo supo por el despliegue de
antenas sobre los vehículos identificados con canales y cadenas televisivas, y
la policía había puesto un vallado y cerrado un perímetro lo suficientemente
amplio como para mantener alejados a los curiosos.
Franco
observó con atención. Una mujer gritaba intentando zafar de un hombre que la
había tomado de atrás y la amenazaba con un revólver. Cómo se había llegado a
aquella situación extrema no lo sabía ni le importaba, pero por alguna razón
sintió la necesidad de actuar.
El
vallado policial contenía a la gente y no permitía que nadie se acercara, pero
no era su caso. Un mendigo sucio con ropas rotas que huelen mal no es valorado,
y como si fuera invisible para los ojos de la multitud y de los policías se
acercó al vallado y lo traspasó. Cincuenta metros lo separaban de la mujer que
seguía atenazada por los brazos fuertes de su captor. Dejó caer el bolso y
comenzó a correr hacia ellos sorprendiendo a los policías y al hombre armado
que no lo vio llegar hasta que lo tuvo encima, y cuando quiso reaccionar Franco
saltó, lo agarró, forcejeó, se escuchó un disparo, la mujer al verse liberada se
arrastró a un costado, otro disparo, Franco seguía luchando y las primeras
gotas de sangre comenzaron a caer en las escaleras de la Catedral, y un tercer
disparo final.
La policía abatió al delincuente y protegió a la
mujer. Franco retrocedió, sintió que la vista se le nublaba, se mareó, cayó y
murió. Todo pasó en unos cuantos segundos y frente a las cámaras de televisión,
millones de televidentes admiraron el valor de aquel hombre. Suele pasar:
admiramos el valor ajeno que la mayoría de nosotros no tendrá jamás.
En un asilo, en un habitación que parece ser de
hospital, una mujer negra de 65 años que aparenta muchos más, debilitada por
años de vida difícil, mira el televisor encendido. Está enferma y respira con
dificultad. Encerrada en su mundo no entiende lo que pasa alrededor, pero al
ver aquella escena logra esbozar una sonrisa y dice en voz baja, tan baja que
creyó haberlo pensado: “siempre supe que me harías sentir orgullosa de ti”.

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