jueves, 10 de septiembre de 2015

EL VIEJO PESCADOR

Montevideo-Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitter

Su mirada quedó clavada en el mar.  Ante el viejo pescador se abría amplio e imponente el Río de la Plata y más allá el Atlántico cuyas aguas había penetrado tantas veces, testigo privilegiado de atardeceres encantados. Su vida era el mar, no hubiera podido vivir sin él, no hubiera sido posible.



Pescadores de P. Blancas, Municipio A 
Había heredado el oficio de su padre: lo recordaba rústico si cabe el término en un ser humano, silencioso, de mirada profunda y serena, brazos fuertes, espalda ancha, pecho desafiante, manos y rostros curtidos por la sal, los vientos, el sol y el frío. Su gesto era serio, pocas veces se lo vio reír, pero quienes lo conocieron sabían que era un hombre  feliz. El mar tiene la particularidad de moldear las almas de los que se adentran y confían en él, y su padre, al igual que él, le había entregado no sólo los mejores años de su vida, sino su vida entera. El recuerdo de su padre le llenó los ojos de lágrimas.

Eran las últimas horas de una calurosa tarde de enero. Ese día cumplía 67 años. Por su salud y siguiendo las recomendaciones de su hija cardióloga había dejado la pesca a los 65, pero seguía siendo hombre de mar: conservaba el barco de pesca, vivía junto a la playa y todas las tardes bajaba a mirar el atardecer.

Por alguna razón, tal vez de tanto respirar el aire descontaminado de océano adentro, de tanto que nadó, de la fuerza que cientos de veces tuvo ejercer sobre una red repleta de peces, se mantenía y sentía joven. Acariciaba los 70 pero sentía por la vida el encanto de un niño de diez.

Una brisa cálida le revolvió el cabello espeso, canoso y largo. Su grueso brazo derecho exhibía orgulloso el ancla tatuada hace tanto tiempo, y en la muñeca una pulsera de plata con un tiburón grabado en una chapa de oro.

Se estaba muriendo, se lo habían dicho el mes anterior. El mismo cáncer que a los 75 se había llevado a su padre, ahora arremetía contra él, como si fuera un designio del destino escrito hace muchos siglos, o tal vez una maldición. Era supersticioso, creía en designios y maldiciones.

Pero prefería vivir. Le gustaba su vida, amaba a su mujer con la que había convivido más de 40 años, a sus cuatro hijos, y a los ocho hijos de estos, le estremecía la posibilidad de no verlos crecer. Sin embargo el anuncio de una muerte próxima le dio la posibilidad de ver la vida de forma diferente, como nunca lo había hecho antes: valoraba mucho más a sus hijos y haber dedicado su vida a ellos; disfrutaba de sus ocho nietos de una manera mucho más intensa. No desaprovechaba oportunidad para estar con ellos y llenarlos de mañas, abrazarlos y besarlos, algo tan humano pero raro verlo en él, hasta que supo que el cáncer avanzaba sobre su cuerpo fuerte, de apariencia más joven, pero definitivamente envejecido.

La proximidad de la muerte había hecho a un lado su rudeza, y aquellas manos cargadas de cicatrices habían aprendido a acariciar.

La espuma del mar adormecido tocó sus pies y la arena se escabulló entre los dedos. El sol teñía el cielo con tonalidades rojizas. El viejo pescador había visto muchos atardeceres y sabía que no hay dos iguales. Vio las gaviotas que se dibujan volando en el cielo y notó que alguien se acercaba por detrás, no era necesario darse la vuelta para saber que era su mujer.

Sigilosa, callada y amante del mar como él, se había convertido en la compañera en sus últimos 45 años.

Como el de él, el rostro de la mujer estaba lleno de arrugas y tenía marcado la sal, los vientos, el sol y el frío de tantos amaneceres cuando lo iba a despedir, de tantos atardeceres y noches en que lo esperó regresar, durante más de cuarenta años y en ese mismo lugar.

Ella se había dado cuenta que ahora que estaba cerca del final él la miraba más. Con frecuencia lo descubría observándola, con los ojos entornados y ajenos, reviviendo algún recuerdo lejano de esos que tenían en común.

La mujer le abrazó la cintura y le besó la mejilla mientras el mar le mojaba los pies también descalzos. El viejo pescador la abrazó por sobre los hombros y la apretó suavemente contra sí. Habían envejecido juntos, y ahora que la tenía allí la veía más linda, sentía que cada día la amaba más.

Lo único que perturbaba su paz espiritual era saber que la dejaría sola, con los cuatro hijos y los ocho nietos, pero sola, sin él. Y sabía que cuando ya no esté ella se pararía cada atardecer en aquella misma playa, en ese mismo lugar, mirando el mar, dejándose mojar los pies, como lo había hecho cada día durante 45 años cada vez que se iba a pescar, y allí se quedaría esperando sin que él pudiera regresar.


No quería dejarla y ella no quería dejarlo ir, pero no podían evitarlo.

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