Montevideo-Hébert Dell'Onte Larrosa. Twitter
Su
mirada quedó clavada en el mar. Ante el
viejo pescador se abría amplio e imponente el Río de la Plata y más allá el
Atlántico cuyas aguas había penetrado tantas veces, testigo privilegiado de
atardeceres encantados. Su vida era el mar, no hubiera podido vivir sin él, no
hubiera sido posible.
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| Pescadores de P. Blancas, Municipio A |
Había
heredado el oficio de su padre: lo recordaba rústico si cabe el término en un
ser humano, silencioso, de mirada profunda y serena, brazos fuertes, espalda
ancha, pecho desafiante, manos y rostros curtidos por la sal, los vientos, el
sol y el frío. Su gesto era serio, pocas veces se lo vio reír, pero quienes lo
conocieron sabían que era un hombre
feliz. El mar tiene la particularidad de moldear las almas de los que se
adentran y confían en él, y su padre, al igual que él, le había entregado no
sólo los mejores años de su vida, sino su vida entera. El recuerdo de su padre
le llenó los ojos de lágrimas.
Eran
las últimas horas de una calurosa tarde de enero. Ese día cumplía 67 años. Por
su salud y siguiendo las recomendaciones de su hija cardióloga había dejado la
pesca a los 65, pero seguía siendo hombre de mar: conservaba el barco de pesca,
vivía junto a la playa y todas las tardes bajaba a mirar el atardecer.
Por
alguna razón, tal vez de tanto respirar el aire descontaminado de océano
adentro, de tanto que nadó, de la fuerza que cientos de veces tuvo ejercer
sobre una red repleta de peces, se mantenía y sentía joven. Acariciaba los 70
pero sentía por la vida el encanto de un niño de diez.
Una
brisa cálida le revolvió el cabello espeso, canoso y largo. Su grueso brazo
derecho exhibía orgulloso el ancla tatuada hace tanto tiempo, y en la muñeca
una pulsera de plata con un tiburón grabado en una chapa de oro.
Se
estaba muriendo, se lo habían dicho el mes anterior. El mismo cáncer que a los
75 se había llevado a su padre, ahora arremetía contra él, como si fuera un
designio del destino escrito hace muchos siglos, o tal vez una maldición. Era
supersticioso, creía en designios y maldiciones.
Pero
prefería vivir. Le gustaba su vida, amaba a su mujer con la que había convivido
más de 40 años, a sus cuatro hijos, y a los ocho hijos de estos, le estremecía
la posibilidad de no verlos crecer. Sin embargo el anuncio de una muerte
próxima le dio la posibilidad de ver la vida de forma diferente, como nunca lo
había hecho antes: valoraba mucho más a sus hijos y haber dedicado su vida a
ellos; disfrutaba de sus ocho nietos de una manera mucho más intensa. No
desaprovechaba oportunidad para estar con ellos y llenarlos de mañas,
abrazarlos y besarlos, algo tan humano pero raro verlo en él, hasta que supo
que el cáncer avanzaba sobre su cuerpo fuerte, de apariencia más joven, pero
definitivamente envejecido.
La
proximidad de la muerte había hecho a un lado su rudeza, y aquellas manos
cargadas de cicatrices habían aprendido a acariciar.
La
espuma del mar adormecido tocó sus pies y la arena se escabulló entre los
dedos. El sol teñía el cielo con tonalidades rojizas. El viejo pescador había
visto muchos atardeceres y sabía que no hay dos iguales. Vio las gaviotas que
se dibujan volando en el cielo y notó que alguien se acercaba por detrás, no
era necesario darse la vuelta para saber que era su mujer.
Sigilosa,
callada y amante del mar como él, se había convertido en la compañera en sus
últimos 45 años.
Como
el de él, el rostro de la mujer estaba lleno de arrugas y tenía marcado la sal,
los vientos, el sol y el frío de tantos amaneceres cuando lo iba a despedir, de
tantos atardeceres y noches en que lo esperó regresar, durante más de cuarenta
años y en ese mismo lugar.
Ella
se había dado cuenta que ahora que estaba cerca del final él la miraba más. Con
frecuencia lo descubría observándola, con los ojos entornados y ajenos,
reviviendo algún recuerdo lejano de esos que tenían en común.
La
mujer le abrazó la cintura y le besó la mejilla mientras el mar le mojaba los
pies también descalzos. El viejo pescador la abrazó por sobre los hombros y la
apretó suavemente contra sí. Habían envejecido juntos, y ahora que la tenía
allí la veía más linda, sentía que cada día la amaba más.
Lo
único que perturbaba su paz espiritual era saber que la dejaría sola, con los
cuatro hijos y los ocho nietos, pero sola, sin él. Y sabía que cuando ya no
esté ella se pararía cada atardecer en aquella misma playa, en ese mismo lugar,
mirando el mar, dejándose mojar los pies, como lo había hecho cada día durante
45 años cada vez que se iba a pescar, y allí se quedaría esperando sin que él
pudiera regresar.
No
quería dejarla y ella no quería dejarlo ir, pero no podían evitarlo.

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