La inseguridad es uno de los mayores problemas que
presenta y sufre nuestra sociedad. Los delincuentes que deberían tener una
presencia marginal se han convertido en protagonistas de nuestras
preocupaciones cotidianas y en muchos casos superando otros asuntos tan trascendentes
como el trabajo y la educación.
En reuniones de amigos o en las redes sociales se observa
que la delincuencia es un tema recurrente. Es que la gente tiene miedo, vive
con miedo. Miedo de que te roben el negocio cualquiera sea su tamaño (el
almacén de barrio con ganancias muy limitadas o un supermercado de gran tamaño),
y de que te lastimen o maten en el transcurso del hecho; miedo a que copen tu
casa y destruyan tu familia; miedo a que te rapiñen en la calle.
Quienes no han sufrido la delincuencia en carne propia
saben de familiares, amigos o vecinos que sí pasaron por esa experiencia,
algunos con la fortuna de ser robados sin más, otros con violencia de por medio
y las secuelas físicas o psicológicas de variada gravedad. Lo cierto es que las
historias de robos y homicidios se van sumando, cada vez a más gente le pasa
algo, y es gente que conocemos del barrio o vinculadas al lugar en el que
trabajamos. El resultado es que la sensación de miedo e indefensión se va
expandiendo.
A eso se suma que a diferencia de lo que pasaba hace
algunos años cada vez se ven menos policías en las calles.
¿Qué pasó para que en unos pocos años disminuyera la
presencia policial? No me refiero a la presencia policial que cumple funciones
determinadas por las autoridades y sus mandos, sino a que antes era muy común
ver policías uniformados en la vía pública, en la parada y en los ómnibus
trasladándose de un lado a otro. Eso ya no ocurre y es otro elemento que incrementa
el sentido de indefensión porque ante un hecho delictivo, tanto víctima como
testigos, sienten que están solos y desprotegidos en tanto que el delincuente
incrementa su osadía porque sabe que no hay nada ni nadie que lo detenga.
La falta de policías uniformados por las calles puede
tener varias explicaciones, fundamentalmente dos: el masivo ingreso al mercado de
motos chinas llevó a que muchos funcionarios policiales pudieran comprar un
vehículo para su traslado dejando de usar el ómnibus, y que ante el incremento
de robos a policías uniformados para robarle el arma y el chaleco antibalas llevó
a que muchos se muevan por la ciudad vistiendo de particular y usen el uniforme
sólo en horario de trabajo. De esa forma minimizan el riesgo de ser un blanco
fácil.
Diferente es el tema de la falta de patrullaje, o que
éste se limite a las zonas donde funciona el denominado Pado (Programa de Alta
Dedicación Operativa) que se puso en marcha en abril de 2016 y el cual el
Ministerio del Interior apostó todas sus fichas con un resultado que está a la
vista de todos.
DOS CASOS EN POCAS HORAS.
En las últimas horas dos policías sufrieron agresiones
para robarlos, en un caso los delincuentes lograron su objetivo y en el otro
fracasaron.
En el primer caso el uniformado había sido relevado y se
retiraba de una custodia de violencia doméstica, estaba uniformado y fue
baleado para rapiñarlo, los delincuentes que al parecer se trasladaban en un
auto lograron llevarse el arma de reglamento. El policía está internado en el
CTI del Hospital Policial.
El segundo caso ocurrió pocas horas después. El martes de
noche en la zona del Parque Roosevelt. Se trató de otro policía se retiraba de
un servicio de violencia doméstica en su moto cuando fue sorprendido por dos
delincuentes que le hicieron caer del vehículo sin lograr el objetivo de
robarlo. Afortunadamente no sufrió heridas de gravedad.
Mientras que en los ciudadanos crece el miedo, en los
delincuentes crece el sentimiento de impunidad.

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