En las últimas horas los medios de comunicación y las redes sociales han difundido un video en el que un grupo de personas atrapan a un delincuente y antes de entregarlo a la Policía lo torturan sumergiéndolo en un arroyo y le propinan una brutal y violenta paliza.
Minutos antes el hombre, acompañado de una mujer, había
cometido una rapiña en un comercio en la ciudad de Toledo (Canelones)
llevándose la recaudación del día. En el proceso del hecho delictivo exhibió y
amenazó al comerciante y a su hija con armas de fuego. Perpetrada la rapiña
comenzó la huida en moto en tanto un móvil policial llegó rápidamente al lugar.
En su huida el conductor pierde el control del vehículo cayendo
ambos, y debiendo continuar a pie, optando por esconderse en una cañada. La
policía que hasta ese momento había actuado con eficacia detuvo a la mujer mientras
que el hombre se arrojó al agua y efectuó disparos contra un grupo de vecinos
que lo estaba persiguiendo. Finalmente
son los vecinos los que encuentran y detienen al hombre comenzando a
pegarle de forma feroz causándole fractura de cráneo y la pérdida de un ojo,
además de aplicarle el llamado submarino, una forma de tortura consistente en
introducir la cabeza de la persona en el agua.
Cuando los vecinos consideraron que fue suficiente el castigo que infligieron al rapiñero lo entregaron a un funcionario policial allí presente. Todo se grabó en un video que fue difundido ampliamente.
El video muestra con total crudeza lo sucedido. El hombre ahora está hospitalizado y hasta el momento no ha podido ser indagado.
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Lo anterior explica el título de la nota y enciende todas las alertas sobre cómo estamos los uruguayos y en qué se está convirtiendo nuestro país.
Lo primero que se debe establecer es que en ninguna
sociedad mínimamente ordenada y con valores de convivencia elementales, el
delito puede ser tolerado ni bien visto. Los ciudadanos de bien rechazan todo
acto deshonesto y por supuesto eso incluye cualquier tipo de comportamiento
delictivo.
En segundo lugar, es la misma sociedad la que a través de
la institucionalidad debe canalizar los mecanismos de justicia que previenen, combaten,
reprimen y castigan a la delincuencia. Corresponde pues a la institucionalidad
hacerse cargo de la seguridad de los ciudadanos mediante un sistema de leyes y
disposiciones adecuadas para que la Policía y el Poder Judicial puedan actuar y
garantizar esa seguridad. Lo contrario sería le ley de la selva.
Pero cuando uno o más de esos tres elementos (ley, Policía
o Poder Judicial) fallan, la sociedad lo sufre. Y cuando esas fallas se
extiende en el tiempo y genera enfrentamientos políticos y de gestión entre los
jerarcas que encabezan las instituciones cuya naturaleza es combatir el delito,
éste crece en su sentimiento de impunidad, se fortalece y multiplica su
accionar. Eso es lo que los uruguayos hemos vivido en los últimos años.
Algunos con una visión más clara de lo que estaba
sucediendo en el país lo denunciaron hace años, otros se fueron dando cuenta
conforme la delincuencia creció, y ahora se llegó a un punto en el que la
seguridad se ha convertido en un clamor.
Cada vez la gente expresa de forma más clara que no se
siente segura. Lo dice en las redes, lo dicen en los medios de comunicación, lo
dice a través de las casi diarias protestas en distintos barrios de Montevideo
y zonas del país.
El ciudadano pasó de vivir con miedo a sentirse
desprotegido, y cuando reclama no ve que sea escuchado. Se siente solo frente
al número creciente de delincuentes que ya no solo lo roba, también lo mata.
Esa combinación de sentimientos hace que reaccione.
Primero formando grupos o brigadas de vecinos alerta, haciendo la tarea que
debería hacer la Policía: patrullando el barrio. Segundo capturando los
delincuentes y entregándolos a la justicia. Tercero, aplicando la justicia por
mano propia que fue lo que sucedió en Toledo.
Hay que ser claro y contundente en este punto. La
justicia por mano propia es un delito. Además, como quedó demostrado en el
hecho referido y sobre el cual todos han visto el video, el ser humano se
salvajiza con extremada facilidad. Personas de bien, trabajadores, hombres y
mujeres de familia, padres y madres que quieren educar a sus hijos de la mejor
manera, hacen cosas que no creían capaces de hacer y que de haber pensado un
minuto no lo hubieran hecho.
Pero claro, si todo el sistema de justicia funcionara
como es debido, si los ciudadanos honestos y trabajadores se sintieran
protegidos, si confiaran en las instituciones, nada de eso hubiera pasado.
Sería bueno que aquellos que tienen la responsabilidad de
brindarnos seguridad tomaran nota de lo que pasó en Toledo y lo consideraran
como un grito de desesperación, uno más, porque la delincuencia nos está
arruinando como sociedad y comenzamos a exhibir lo peor de nosotros mismos.

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